El guardián entre el centeno. J.D. Salinger

Portada El guardián entre el centenoOtoño de 2011, como todos los otoños, el fin del periodo estival y el comienzo del curso escolar provocaban en mí un desinterés por el repaso del curso anterior, acompañado, eso sí, por una fuerte afección cultural, que si bien ausente durante todo el verano, ahora ansiaba conocimiento. Así fue, como aprovechando la admiración que mi profesor de música tenía hacia los Beatles, y que ésta era compartida por el nuevo grupo de amigos que estaba conociendo, indagué acerca de este legendaria banda. Cada miembro del grupo elegimos un álter ego en la banda, yo me decanté por John Winston Lennon. Encontré en su afán de subversión contra el poder establecido una justificación a mí rebeldía imberbe. Desde entonces devoré la discografía del grupo, así como todo tipo de información relativa a él, en particular la de tipo conspiranoico, llegando a creer que Paul McCartney estaba muerto.

Fue entonces cuando me enteré de su existencia. Cuando me enteré de que Mark Chapman, el asesino de mí reciente ídolo John Lennon, había comprado un ejemplar de esta obra la mañana del 8 diciembre de 1980, horas antes del homicidio, escribiendo en él “esta es mi declaración”. Cuando me enteré de que la obsesión por este libro le había llevado a declarar tres horas después “Estoy seguro que la mayor parte de mí es Holden Caulfield, el personaje principal del libro. El resto de mí debe ser el Diablo”. Cuando descubrí El Guardian entre el centeno.

La repulsión que este libro, al que consideraba móvil del asesinato, suscitaba en mí era atroz. No en vano, unos meses más tarde mi profesora de Lengua y Literatura nos recomendó su lectura, lo introdujo con un breve fragmento que decía así:
“Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno, muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños, y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde del precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan en él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Yo sería el guardián entre el centeno”
Entonces, nos preguntó qué nos parecía, que era uno de los clásicos por excelencia de la literatura norteamericana y que en Estados Unidos se leía en todos los colegios. Yo contesté que a mí me parecía que Holden Caulfield “era un pederasta” y que no entendía como una obra así podía tener tal relevancia. Naturalmente mi profesora, doña Ana, se indignó ante tal comentario, el cual esbozó una sonrisa en mí al ver como el resto de compañeros se reían del libro. Fue mi particular venganza, mi pequeña ignominia hacia la declaración de Mark Chapman.

Años más tarde, mientras veía “Las ventajas de ser un marginado”, sentí admiración hacia la holgada bibliografía que Charlie, el protagonista, leía a lo largo de la película, siendo “En el camino” de Jack Kerouac una obra referencia para ambos. Entre ese catálogo literario, se encontraba El guardián entre el centeno, el cual había dejado de aborrecer. Fue entonces cuando decidí elaborar mi propia lista de lecturas pendientes.
Por fin, en el verano de 2015 decidí comprar el libro, comencé a leerlo en septiembre, una vez finalicé “La sombra del viento”. Las primeras lecturas, acostumbrado a la exquisitez retórica de Carlos Ruíz Zafón, me suscitaron una impresión equivocada del autor. El lenguaje informal de Holden Caulfield, junto al estilo breve y sencillo de J. D. Salinger hicieron que lo aparcase un par de semanas. Así, una vez comenzado el periodo universitario, por primera vez después de mi etapa escolar, esa fuerte afección cultural otoñal decidió que era necesario continuar leyendo qué tenía de especial aquel joven al que habían expulsado de Pencey por suspender todas las asignaturas a excepción de Lengua. Durante las siguientes semanas, a pesar de que es un libro corto yo me lo tomo con calma, me adentré en el Nueva York de los años cincuenta, identifiqué, como habían hecho millones de jóvenes anteriormente, la apatía y contumacia de mi adolescencia en Holden, disfruté con él de sus reflexiones y experiencias, y sentí la necesidad de valorar todo “lo falso” que me rodeaba.
Sin duda comprendí, porque era la principal lectura recomendada de los institutos norteamericanos. El guardián entre el centeno es una obra de reflexión, el diario del adolescente que todos hemos sido algún día, la aventura que nunca nos hubiéramos atrevido a vivir.

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