Blanco bueno busca negro pobre

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Blanco bueno busca negro pobre es un libro del antropólogo catalán Gustau Nerín, en el cual, valiéndose de su gran experiencia en África y con el mundo de la cooperación, realiza una crítica brutal a las ONG, a la Ayuda Oficial para el Desarrollo (AOD) o al mismo concepto de desarrollo.

A lo largo del libro desmitifica la labor de las ONG y sus voluntarios, indaga en los intereses ocultos tras la AOD y desmonta el conjunto de conceptos erróneos sobre las sociedad africanas enraizados en Occidente gracias a las ONG. Un breve resumen de las ideas expuestas sería el siguiente.

Todo este mundo (o negocio) de la cooperación gira en torno a un objetivo: el desarrollo. El desarrollo surge en el gobierno de Truman, tras la II Guerra Mundial, como alternativa en el Sur a los socialismos utópicos y el cristianismo. El siglo avanza y en el continente africano fracasa tanto la oración como la revolución. Es entonces cuando el desarrollo se erige como única vía existente y comienza su expansión sin ningún obstáculo. El desarrollo pasa a ser el modelo incuestionable de hoy en día, que tiene por características principales: economía mixta, Estado-nación descentralizado, familia con adultos de ambos sexos trabajando y niños sin trabajar, y con la existencia de clases sociales pero no de castas. Todo ello nos lleva a que la única vía posible consiste en destruir el modelo africano, en acabar con las sociedades africanas, es decir, “desarrollarse” consiste en dejar de ser africano (un infrahombre) para transformarse en un occidental (superhombre). Además, todo este proceso debe completarse desde unos principios ya occidentales que impiden, por ejemplo, el empleo de la violencia o contaminar (como sí ocurrió en Europa).

Las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) son parte tanto del Norte como del Sur, pero con labores bien distintas. En el Norte las ONG han pasado a un ocupar un papel dentro de la sociedad, son los intermediarios entre la cuenta corriente y la buena conciencia del occidental en un proceso que el autor denomina como catarsis del pago. Las ONG se han adaptado a los tiempos y evolucionado. No es necesario ir a África para gozar de una buena conciencia, basta con jugar al pádel (entretenerse, hacer deporte y ser solidario en el mismo pack) en algún acto benéfico o comprar artesanía o alimentos de Comercio Justo. Por si esto no fuera poco, hoy en día se puede ser donante-cooperante virtual desde el salón de casa gracias a Internet. Con todo, las ONG se encuentran en una posición de respeto y admiración dentro de la sociedad y son incuestionables pese a los escándalos como el de Intervida o hallazgos tales como que Manos Unidas especule en el mercado de valores.

Mención aparte merecen los cooperantes, gente sin cosas que hacer en Europa pero lo suficientemente prepotentes como para considerarse útiles en África, en palabras del autor. Profundiza en la idea de que cooperar es simplemente hacer algo, basándose en la concepción etnocentrista (impulsada por las ONG) según la cual “los europeos saben hacer cosas y los africanos no hacen nada”. Describe como dentro del voluntariado encontramos personas que acuden a planear las vidas ajenas cuando en verdad buscan arreglar la propia, que llevan vacunas a África sin tener en cuenta donde conservarlas, personas que están impregnadas por corrientes progresistas que conjugan los ciertos abusos de Occidente con una idealización de África y una reconstrucción fantástica del país a base de repartir bolígrafos, y personas que cavan letrinas en pueblos africanos cuyos campesinos son maestros de la azada.

Por otra parte, el autor también dedica unos capítulos a la ADO, estableciendo en primer lugar cuales son los objetivos principales: evitar las migraciones (“cooperación en materia migratoria” algo considerado en la Guerra Fría como una barbaridad) , evitar el terrorismo, ganar votos entre el electorado (esto se muestra en la serie danesa Borgen cuando se lleva a cabo creación de un ministerio de cooperación internacional) y la protección de mercados de producción (las ayudas de España a Mozambique, Mauritania, Senegal o Namibia, países que abastecen a los pescadores españoles).

Los Estados del Norte mantienen estas relaciones de cooperación con antiguas colonias siempre manteniendo un tono paternalista. Sin embargo, bajo todo ese paternalismo, las AOD se utilizan como medio de presión para conseguir determinadas políticas en los países que las reciben, es decir, estas ayudas secuestran la soberanía nacional del Sur en favor del Norte. Ayudas superiores al 30% del PIB dejan a los países africanos a expensas de las decisiones del Norte, se convierten en dependientes de las ayudas. Un ejemplo serían las grandes ayudas que el FMI aporta a los países que siguen con la mayor fidelidad sus políticas.

Por último, el libro aborda la superioridad que el Norte siente sobre el Sur. Las ONG exportan a África constantemente elementos occidentales, mientras las cosas positivas de África (ej: taxis colectivos) no se importan a nuestra sociedad. Las costumbres sólo han de extenderse en una dirección: de Norte a Sur. Tanto es así que actualmente ha surgido en la cooperación el concepto de “capacitar”, enseñar a los africanos a “ser capaces de”. La prepotencia del Norte llega a tales extremos como: capacitar a los africanos para ser limpios (cuando están en mayor contacto con el agua que el occidental), a cocinar (como si no supiesen tras siglos conviviendo con su medio) o a separar a las cabras o los patos de las personas en los hogares (mientras en Occidente se convive con perros y gatos). Todas estos cursos de capacitación se basan en otra concepción errónea: “los occidentales saben sobre todas las materias y deben enseñar a los pobres e ignorantes africanos”.

Finalmente, como soluciones y alternativas al fracaso de la cooperación, el autor propone unos profundos cambios estructurales en la raíz del problema:unas nuevas relaciones entre Norte y Sur que no sean injustas. A su vez, comparte con el lector la esperanza de la aparición de un nuevo sistema y el agotamiento del capitalismo, al igual que ocurrió con el Imperio Romano y el feudalismo.

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